Santa Cecilia


ka-uveTengo que reconocer que este año, para mí, Santa Cecilia ha pasado de largo sin decir nada. Qué mejor oportunidad que publicar tu firma

mensual en la revista digital sobre música el día de la festividad de los músicos. Pues sí, una oportunidad de oro. Ni me he enterado. No ha hecho ruido. No he notado su llegada.

Digo esto porque el día de Santa Cecilia haya llegado mientras yo intentaba encontrar un tema sobre el que escribir. Sino no eres escritor, sino sabes de esto, si lo haces por afición, se convierte en algo que te persigue como un gato hambriento que te trastabilla los pies al andar. Buscar el tema sobre el que escribir en estos artículos me ha hecho mirar demasiado lejos y no he visto llegar el 22 de noviembre.

Cierto es que siempre hay temas sobre los que escribir. Algo que tenga que ver con la crisis, con los recortes que todos y cada uno de nosotros sufrimos, que se acentúan si hablamos de música, y mucho más si nos fijamos en la educación musical… Pero, me niego. Enciendo la televisión y no se escuchan otras noticias que no tengan que ver con recortes, economía a la baja y demás desgracias de monedero que nos ahogan a todos poco a poco, sino el bolsillo, sí la moral. Enchufo la radio y escucho tragedias de personas que suenan honradas y que no merecen lo que cuentan, y así todo el tiempo. Pues ya esta decidido, y aunque lo esté haciendo en esta firma –lo haré como despedida- no me gustaría escribir nada que tenga que ver con la crisis. Ala, ya está. Ya vale.

Así que, pensando el tema de la siguiente firma, el día de Santa Cecilia, el 22 de noviembre, el día de los músicos ha pasado y no he llegado puntual para poder felicitar a los colegas y poder escribir esto a tiempo, y no a destiempo como lo estoy haciendo ahora. Desde luego, de este despiste la culpa la tiene un servidor, por supuesto, no hay duda de eso, pero haciendo un ejercicio de reflexión que tanto me gusta hacer sobre prácticamente todo, puedo decir, que Santa Cecilia ha perdido la magia que tenía tiempo atrás.

Recuerdo que la clase de solfeo dejaba de ser de solfeo durante una semana entera para ser, una clase en la que se preparaba el día de Santa Cecilia. Cada uno hacíamos nuestros dibujos que terminarían decorando las paredes del conservatorio, o cantábamos y cantábamos una y otra vez las canciones del concierto en que participábamos toda la escuela… tres hojitas madre tiene el arbolé, na-na-na-na-ni-ni-ni-ni-na na na… Más tarde, cuando el número que indicaba tus años pasaba de una a dos cifras, el 22 de noviembre se convertiría en un acontecimiento que hacía acto de presencia meses antes. Alguien en algún momento decía en un ensayo –cuando es el Concierto de Santa Cecilia- y era en ese momento cuando nuestra “Santa” hacía aparición y nos obligaba a pasar los siguientes ensayos preparando el repertorio del concierto que todas las bandas de música habidas y por haber, hacen y harán en su honor. Y por supuesto, todavía tengo fresco el recuerdo y no puedo olvidar los nervios típicos de la cena de Santa Cecilia. Cena que disfrutábamos en el mismo restaurante de todos los años, y que más que enturbiar la cena, por aquello del “siempre lo mismo”, la hacia todavía más mágica. Año tras año volvíamos a esos pasillos y aquel comedor en el que todos disfrutábamos como críos con la música siempre de fondo.

Fue el conservatorio superior el que me dio el bofetón. Me lo dio en muchos aspectos, pero en éste también. En mi primer curso allí, llegó el día de Santa Cecilia, aquello ocurrió sin tiempo para sentirme instalado, y nadie hizo nada. Paso desapercibido. Todo fue igual. Nadie se inmuto. Yo tampoco. Aquello fue el primer símbolo de la PROFESIÓN, con mayúsculas. Santa Cecilia no se celebraba, solo era una buena forma de tener un día de fiesta en el calendario, pero si el calendario no cumplía los deseos de la mayoría, todo seguía igual, nada cambiaba y supongo que hoy seguirá ocurriendo lo mismo.

A mí me ha pasado este año exactamente esto, todo ha seguido igual, y encima no me ha dado tiempo a mirar en el calendario para estar prevenido. Ese día no está en rojo para nadie, para nosotros, los músicos, tampoco, pero cuando miramos el mes de noviembre, aunque el número no tiene nada especial, 22, para nosotros aparece con un relieve especial que hace que lo mires con otros ojos, como más grande, con zoom, y lo esperes de forma diferente, como si fuese un cumpleaños o una fecha señalada. Este año lo miré, pero por lo visto, no lo vi.



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