La mala educación

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lacarabCon este título en 2004 Pedro Almodóvar dirigió una película en la que me sumergió en la parte más oscura de la educación en centros religiosos en la época del final del franquismo y primeros años de la transición. Años de mano dura en la escuela, castigos continuados y mucho respeto, o quizá fuese miedo al maestro. La figura dominante soberbia, en muchos casos desafiante y en pocos digna de admiración pero en todos ellos quien tenía la última palabra y en algunos la única. Sí, tal vez fuese miedo. Aquellos años dieron paso a una época en la que todo cambió de forma radical. Libertad de expresión e individual, todos fuimos iguales y teníamos los mismos derechos, desparecieron los castigos físicos y todo lo que pudiese recordar a los tiempos pasados. Se acabó el miedo, éramos colegas.

Lo cierto es que no recuerdo que hubiese ni en una época ni en otra, una clase dedicada a inculcar normas de urbanidad, formas de conducta ante la sociedad o simplemente un decálogo de comportamientos ante los demás. Pese a ello todos teníamos clara una norma tan básica y simple como antigua: El respeto a los mayores. Posiblemente sea la primera regla que se instauró en las sociedades antiguas, si exceptuamos la regla del más fuerte. Respecto a los mayores, a su sabiduría, a su experiencia o simplemente a su edad representada por el color de su pelo. Respeto a las canas. Si a ello añadimos la condición de mujer, la norma adquiere autoridad ante cualquier otra. Respeto a la abuela, respeto a la madre creadora de vida. Respeto a quien nos protegió en la infancia, respeto a quien nos alimentó de su propio cuerpo, respeto a la mujer.

Normas tan elementales que no hemos sabido mantener ni transmitir a una generación errática que, salvo las excepciones habituales, ha perdido el rumbo y vaga inmersa en la más absoluta estupidez. Como muestra valgan dos casos acaecidos durante los encierros de las pasadas fiestas patronales. Dos amigos me contaron casos idénticos pero con diferentes protagonistas en los que jóvenes de distintos sexos se negaban, no ya a ceder su sitio, sino a arrimarse entre sí para crear uno nuevo y dar cabida a una señora. Me contaron irritados como tuvieron que enfrentarse a ellos y ellas con firmeza ante su descaro y que solo ante la amenaza de un castigo físico y de recordarles el santoral más cercano, cedieron a su tozudez y consintieron en hacer sitio a las personas mayores.

Puede que os parezcan casos extremos o sacados de un contexto de normalidad ya que se produjeron en fiestas y alguien pueda pensar que se pueden pasar por alto ciertas formas de conducta. Tal vez, pero la falta de respeto a un, mayor la mala educación, es imperdonable.

En otro ámbito de cosas tal vez hayáis echado de menos un banco en vuestra calle, plaza o parque, tranquilos, estaba pasando las fiestas a remojo en el río Queiles a su paso por la zona del mercadillo. Lo echaron dos veces la segunda más honda y más lejos. Por no hablar de esos cerdos mecanizados que después de comerse su comida basura, no tienen la educación y la vergüenza de tirar sus sobras al contenedor o papelera más próxima, que como se ve en la imagen estaba al lado, y lo único que hacen es dejarla caer por la ventanilla o colocarla debajo del coche.

Sin duda vosotros conoceréis otros casos y tal vez tengáis, como yo, hijos. Reflexionar fríamente sobre la educación que les estamos dando y si es posible intentemos cambiarla antes de que sea tarde.

Todos hemos sido jóvenes y cometido alguna tropelía, pero no recuerdo que fuésemos tan maleducados.

 



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