Mujeres

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lacarab
Hace unos dos meses, cenando con los amigos en la peña, alguien comentó el caso de un conocido que por razones laborales tuvo que vivir una temporada en un país sudamericano. Aquí dejo a su mujer y allí tomó otra, algo que no es nuevo y que ya no nos sorprende. Los comentarios afectivos hacia la mujer iban parejos a los despectivos sobre el marido y su amante. ¡Lagarta! ¡Ojala lo desplume! ¡Pobre! ¡Que faena le hicieron! ¡Con lo buena que es!

Reconociendo que la faena fue gorda y que naturalmente no la voy a contar, si os diré que eran las mujeres las que con mayor vehemencia atacaban al marido y a la amante y defendían y ponderaban en su comportamiento a la mujer a la que no escatimaban en halagos hacia su persona. Debe de ser algo innato en su género o el instinto maternal lo que hace que defiendan al individuo más débil.

Poco después, esa misma noche, mientras jugábamos una partida de chinchón, una de las mujeres lanzó una pregunta inocente al aire, ¿visteis la otra noche la película Lo que el viento se llevó? Todas y casi todos la habíamos visto aunque fueron ellas las que contestaron. Me encanta. Es preciosa. Ya la he visto 3 veces.

Lo cierto es que se trata de un clásico entre los clásicos, basado en la novela de Margaret Mitchell con inolvidables actuaciones  de Vivien Leigh y Clark Gable y el papelón de Hattie McDaniel, la esclava negra y su eterno “Si, señorita Escarlata”, que le dieron el Oscar a la mejor actriz de reparto en 1939.

Seguro que recordáis la mítica frase que la protagonista dice, puño en alto y recortada sobre un cielo púrpura “A Dios pongo por testigo, que no volveré a pasar hambre” y que daba pie a un monólogo convertido en una verdadera declaración de intenciones de la protagonista. Y si alguien os preguntase sobre el argumento de la película, lo fácil es decir que se trata de la historia de una familia adinerada del sur de EE.UU. antes, durante y después de su guerra de Secesión, aunque la verdadera trama del film sea otra bien distinta. Tal vez no hayáis caído en la cuenta de que se trata de la vida de una mujer caprichosa, egoísta y sin escrúpulos que hizo todo lo que creyó necesario para conseguir sus fines. Se casó 3 veces, una por despecho, otra por interés robándole el pretendiente a su hermana y la tercera cuando ya tenía claro que no conseguiría al hombre al que siempre quiso. Todo un ejemplo a imitar. Finalmente acaba sola, pero estoy seguro que con la afinidad y comprensión de no pocas féminas.

Todo esto ocurrió mientras acababa una novela muy afamada escrita por una no menos famosa escritora de la que me precio seguir con interés. El relato nos lleva a descubrir la vida de una mujer que vivió una historia que ha cautivado a miles de lectores a los que sin duda les encogió, como a mí, el alma al llegar a las últimas páginas. Sin embargo la fría sinopsis nos lleva a decir que se trata de las vicisitudes de una mujer que abandonó a su marido e hijo recién nacido para irse con su amante comunista a recorrer medio mundo, poco antes de la Guerra Civil, que muerto este, colabora como espía para los ingleses mientras tiene como amantes a un norteamericano y a un oficial alemán casado. Que traicionó la amistad de quien le salvó la vida y casi acaba con la de quien la protegía, todo esto mientras en su familia no sabían absolutamente nada. Otra biografía cuajada de virtudes.

Admitamos que en las vidas normales y monótonas no interesan a nadie y que lo cierto es que solo en la ficción nos gusta que suceda lo más rocambolesco y somos capaces de ponernos en la piel de sus protagonistas de admitir sus acciones y darlas como buenas, pensar como ellos y asumir sus motivos como lícitos, mientras que en la vida real y enfrentados a ellos o como simples espectadores, solo vemos actitudes materialistas e interesadas sin intentar, como en la ficción, ver esa segunda opinión, esa otra verdad que siempre existe y que normalmente rechazamos. Todas las monedas tienen dos caras.

No cuesta tanto intentar ver la cara b de las cosas.

Intentadlo, o quizás haya que hacerle caso a mi primo Carmelo y no leer novelas escritas por mujeres.



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