Lola Touza, la gallega que salvó a 500 judios

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Hace unos días leí una historia tan bella como conmovedora. La de Lola Touza, una española que en tiempos de la posguerra ayudó a escapar a quinientos judíos perseguidos por el tercer Reich en la Alemania de Hitler. Una historia épica que he querido compartir con nuestros lectores por lo singular dada su naturaleza. Posiblemente responda a la red de liberación de judíos más importante de la península, cuya protagonista traída a este relato fue todo un ejemplo de compasión y amor hacia el prójimo, pero también de astucia y tenacidad aún a riesgo de costarle la vida.

Lola regentaba allá por el año 1941 un quiosco en las inmediaciones de la estación de ferrocarril de Ribadavia (Orense) donde vendía los dulces y golosinas que ella misma elaboraba y que eran muy apreciados en la difícil España de la posguerra. Madre soltera como muchas otras en aquel entonces, compartía su vida con sus dos hermanas, Amparo y Julia, además de su único hijo, Julio, hoy residente en Madrid y a través del cual conocemos el secreto que su madre se llevó a la tumba.

Todo transcurría con la normalidad de los días en los que Lola regentaba su propio kiosco en la que vendía y ofrecía sus dulces a todos cuantos iban y venían en la estación ferroviaria de Ribadavia, cercana a la frontera con Portugal. Nada hacía presagiar el suceso que cambió su vida para siempre y que la convirtió en heroína para centenares de personas, judíos huidos de los campos de concentración alemanes donde les aguardaba una muerte segura. Una tarde conoció a Abraham, un hombre alto, de aspecto sucio y desarropado pero con unos intensos ojos azules que no ocultaban una profunda desesperación y tristeza. Aguardaba meditabundo entre el ir y venir de trenes apostado en uno de los bancos de la estación, sin coger ningún tren. El sujeto despertó la curiosidad de Lola que no podía imaginar la historia que aquel pobre hombre y que minutos después conocería para convertirse

en la persona que cambió para siempre su destino. Un judío alemán huido de la Alemania nazi que vía Lyon había llegado hasta la villa gallega de Ribadavia en un intento desesperado y sin recursos por huir hacia Portugal o América, ya que España era país aliado del régimen nazi durante la segunda guerra Mundial. Ahí es donde de un modo completamente inesperado interviene Lola, que pronto empatiza con la causa tejiendo una red de fuga de judíos por todo el norte de la península, desde Irún hasta la frontera gallega con Portugal, por la que escaparon centenares de judíos del holocausto entre los años 1941-45. Abraham fue el primero, luego vendrían muchos más, a razón de dos judíos por semana durante el tiempo que duró la persecución y el horror de la guerra. Eso nos da una idea de lo complicado de la red clandestina ideada por Lola y de su enorme dificultad en la que una persona llana, de a pié, que carecía de cualquier contacto o ayuda externa, pudo acometer tan ambicioso objetivo hasta el punto de que nunca nadie supo de ello salvo sus cuatro estrechos colaboradores.

El primero fue el barquero Francisco Estévez, que constituía la primera opción en la ruta de huída fluvial que había previsto Lola y que consistía en pasar a la zona fronteriza

De el río Miño, próxima a la localidad de Frieira, bajo la coartada de salir a pescar de madrugada en busca de truchas o anguilas, algo que no despertaba sospeches en aquella época, dadas las circunstancias.

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Los otros colaboradores fueros dos taxistas, José Rocha Freijido y Javier Mínguez Fernández alias “el calavera”, quienes conducían por carreteras secundarias a los huidos hasta un lugar seguro en la frontera con Portugal. Luego seguirían camino hacia los EE.UU o Iberoamérica amparados por una trama colaboracionista dirigida por la comunidad judía en el exilio. Para la labor lingüística de traducción contaban con Ricardo Pérez Parada alias “el evangelista”, un emigrante retornado que hablaba inglés y polaco.

Julio Touza, el hijo de Lola que hoy tiene 57 años, jamás supo de la actividad clandestina de su madre, como tampoco lo supieron nunca nadie en la villa. Cualquier error, una palabra a destiempo o un gesto inoportuno, podía suponer el destierro o incluso la muerte, ya que miembros de la Gestapo vigilaban de cerca los pasos fronterizos hacia Portugal por ser la mejor vía de escape hacia América o el continente africano. Lola y sus colaboradores lo hicieron bien, rematadamente bien, porque nunca nadie sospechó de la trama organizada por la protagonista de esta historia, ni tan siquiera sus familiares o allegados más próximos. Sin duda era consciente del gran peligro que corría. Su historia quedó oculta en 1966 cuando falleció a la edad de 72 años. Y así hubiese sido de no ser por el interés de la comunidad judía o después por las indagaciones de su hijo Julio, quién recordando algunos sucesos y comportamientos vividos en su juventud, dada visos de verosimilitud a la increíble historia de su madre.

El servicio secreto británico siempre estuvo al tanto de las operaciones, ya que según ha sabido Julio, contaba con un espía infiltrado que ejercía como médico en Vigo y que según las pesquisas pudo conocer a su madre. Se llamaba Eduardo Martínez y en 1945 fue condecorado con la medalla al valor por el gobierno británico en reconocimiento a su labor como agente secreto.

Desde el 7 de septiembre, una placa de bronce luce en el que fuera el hogar de los Touza con una inscripción conmemorativa que dice “A las tres hermanas, Lola, Amparo y Julia Touza, luchadoras por la libertad”. Sin embargo, este no ha sido el único homenaje a su memoria, ya que Asamblea Universal Sefardí, de mano de su presidente Isaac Siboni, en una carta fechada el 7 de Agosto, dejaba testimonio del sentimiento de toda la comunidad judía: “nuestro testimonio de admiración y gratitud para Lola, amparo y Julia, quienes aún a riesgo de sus vidas han salvado a sus semejantes, a nuestros hermanos, de una muerte segura”.

En días venideros, Lola Touza será reconocida con el título de “Justos de entre las Naciones”, el máximo galardón que concede la fundación Yad Vashem a los que como ella salvaron a sus compatriotas del exterminio nazi; equivalente a la beatificación católica.

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